Hola, soy Ana. Redactora Creativa y Ghostwriter especializada en la generación de artículos informativos para portales de noticias, revistas digitales y agencias SEO. Poseo una insalvable debilidad por las novelas de abogados, el café negro y los chocolates. Gracias por dedicarme algo de vuestro valioso tiempo.
A continuación, luego de introducirnos en el mundo del Bitcoin y Dinero, nos toca examinar el historial de extraños artefactos y objetos que han sido utilizados históricamente como moneda: desde las piedras rai de la isla de Yap, a las conchas marinas en América, las cuentas de vidrio en África y el ganado y la sal en la Antigüedad.
Dinero primitivo y Bitcoin
De todas las formas históricas de dinero con las que me he topado, la que más se asemeja al funcionamiento de Bitcoin es el antiguo sistema basado en las piedras rai, en la isla de Yap, que en la actualidad forma parte de los Estados Federados de Micronesia. Entender cómo las piedras rai, unos grandes discos de caliza, funcionaban a modo de dinero nos ayudará a explicar el funcionamiento de la red Bitcoin en la presente entrada. Comprender la singular historia acerca de cómo las piedras rai perdieron su rol monetario supone una perfecta demostración de cómo el dinero pierde su estatus monetario una vez malograda su solidez.
Las piedras rai usadas como dinero eran de distintos tamaños, llegando a ser hasta grandes discos circulares con un agujero en medio y que podían incluso pesar cuatro toneladas. No eran originarias de Yap, donde no había piedra caliza, sino que todas ellas procedían de las vecinas islas Palaos (o Palau) y de Guam. La belleza y el exotismo de estas piedras hizo que fueran deseables y veneradas en Yap, aunque conseguirlas resultaba muy difícil, ya que implicaba un arduo proceso de explotación de la cantera y su posterior transporte en balsas y canoas. Hacían falta cientos de hombres para trasladar algunas de ellas hasta Yap. Allí eran colocadas en emplazamientos preeminentes desde donde todos pudieran verlas. El propietario de la piedra podía utilizarla como método de pago sin tener que moverla: lo único que tenía que hacer era anunciar a todos los vecinos que la titularidad de la piedra había pasado a un nuevo beneficiario. Todo el pueblo reconocía la propiedad de la piedra, y el nuevo dueño podía entonces utilizarla para efectuar un pago cuando quisiera. No había modo de robar las piedras rai, ya que todo el mundo sabía a quiénes pertenecían.
Durante siglos, y tal vez incluso milenios, este sistema funcionó bien para los habitantes de Yap. Si bien las piedras nunca se movían, tenían vendibilidad en el espacio ya que podían utilizarse para efectuar un pago en cualquier lugar de la isla. Los diferentes tamaños proporcionaban cierto grado de vendibilidad en diversas escalas, así como la posibilidad de pagar con fracciones de una piedra. La vendibilidad de las piedras en el tiempo estuvo garantizada durante siglos por la dificultad y alto coste de adquirir una nueva, ya que no existían en Yap, y extraerlas y transportarlas desde Palaos no resultaba nada fácil. El mismo elevado coste de obtener nuevas piedras en Yap significaba que la oferta de piedras existente siempre era mucho mayor que la oferta que pudiera producirse en un determinado período, lo que hacía prudente aceptarlas como forma de pago. En otras palabras, las piedras rai tenían una ratio existencias/flujo muy elevada, y no importaba lo deseables que fueran, a nadie le era fácil inflar la oferta de piedras llevando nuevas rocas. O así fue al menos hasta 1871, cuando un capitán estadounidense de origen irlandés llamado David O’Keefe naufragó en la orilla de Yap, donde lo reanimaron los lugareños.
O’Keefe vio la oportunidad de obtener beneficios a través de la venta de cocos de la isla a los productores de aceite de coco, pero carecía de medios para atraer a los nativos a fin de que trabajasen para él, ya que éstos estaban satisfechos con su vida tal como era, en su paraíso tropical, y no les interesaba ningún tipo de moneda extranjera que pudiera ofrecerles. Pero O’Keefe no estaba dispuesto a aceptar un no por respuesta; zarpó en dirección a Hong Kong, y allí consiguió un barco grande y explosivos, los cuales llevó a Palaos, donde utilizó los detonantes y herramientas modernas para extraer varias piedras rai enormes y puso rumbo a Yap para dárselas a los habitantes a cambio de cocos. En contra de lo que O’Keefe había esperado, los habitantes de la isla no mostraron interés en recibir las piedras; además, el jefe de la aldea prohibió trabajar a cambio de las piedras, decretando que las de O’Keefe no tenían ningún valor, ya que las había reunido con demasiada facilidad. Sólo podían aceptarse piedras obtenidas de la forma tradicional, con el sudor y la sangre de los yapenses. Otros en Yap expresaron su desacuerdo, y suministraron a O’Keefe los cocos solicitados, lo que dio lugar a un enfrentamiento en la isla y, con el tiempo, a la desaparición de las piedras rai como moneda de cambio. Hoy día, las piedras desempeñan un papel ceremonial y cultural en la isla, y el moderno dinero gubernamental es el medio monetario más utilizado.
Si bien la historia de O’Keefe es sumamente simbólica, él no fue más que el precursor del inevitable fin de las piedras rai como moneda tras la irrupción de la moderna civilización industrial en Yap y entre sus habitantes. A medida que las herramientas modernas y la capacidad industrial llegaban a la zona, fue inevitable que la producción de piedras pasara a ser mucho menos costosa que antes. Existirían muchos O’Keefe, nacionales y extranjeros, capaces de suministrar a Yap un flujo cada vez mayor de nuevas piedras. Con la nueva tecnología, la ratio existencias/flujo para las piedras rai disminuyó radicalmente: era posible producir muchas más piedras cada año, lo que devaluaba considerablemente la reserva existente en la isla. Cada vez se volvió menos prudente utilizar dichas rocas como reserva de valor, por lo que perdieron su vendibilidad en el tiempo y, con ello, su función como instrumento de cambio.
Los pormenores pueden variar, pero la dinámica subyacente de un descenso de la ratio existencias/flujo ha sido la misma para toda aquella divisa que ha perdido su rol monetario (incluso para el bolívar venezolano, cuyo desplome se agudizó en 2017).
Algo parecido sucedió con las cuentas de vidrio aggry utilizadas como moneda durante siglos en África occidental. Su historia no está del todo clara, y hay indicios de que se hicieron a partir de rocas de meteoritos o de que las llevaron los comerciantes egipcios y fenicios. Lo que sí se sabe es que eran valiosas en una zona donde la técnica de trabajo del vidrio era costosa y no muy común, lo que les confería una elevada ratio existencias/flujo, haciéndolas vendibles en el tiempo. Al ser pequeñas y valiosas, las cuentas eran vendibles en diversas escalas ya que podían agruparse en cadenas, collares o pulseras; aunque eso distaba de ser lo ideal, ya que había muchas clases diferentes de cuentas y no una sola unidad estándar. También eran vendibles en el espacio ya que resultaban fáciles de transportar de un lado a otro. En cambio, las cuentas de vidrio no eran caras ni tenían ningún rol monetario en Europa, ya que la proliferación de las vidrierías significaba que, en caso de ser utilizadas como unidad monetaria, sus productores podían inundar el mercado con ellas; en otras palabras, tenían una baja ratio existencias/flujo.
En el siglo XVI, cuando los exploradores y comerciantes europeos llegaron a África occidental se dieron cuenta del elevado valor conferido a dichas cuentas, de modo que comenzaron a importarlas en cantidades masivas desde Europa. Lo que siguió fue parecido a la historia de O’Keefe, pero, dado el diminuto tamaño de las cuentas y el tamaño mucho mayor de la población, fue un proceso más lento y encubierto, y de mayores y más trágicas consecuencias. De forma pausada pero segura, los europeos pudieron adquirir muchos de los preciosos recursos de África a cambio de las cuentas de vidrio que adquirían en casa por muy poco. La incursión de los europeos en África provocó que poco a poco las cuentas de vidrio pasaran de ser una moneda fuerte a una débil, acabando con su vendibilidad y provocando el debilitamiento a la larga del poder de compra de los abalorios en manos de los africanos que las poseían, empobreciéndolos al transferir su riqueza a los europeos que podían adquirirlas sin dificultad. Las cuentas aggry pasaron a conocerse más tarde como «cuentas de vidrio esclavas» por el papel que desempeñaron al alimentar el comercio de esclavos africanos en Europa y Estados Unidos. El colapso repentino del valor de un medio monetario es una tragedia, pero al menos se trata de algo que termina deprisa, y sus propietarios pueden empezar a comerciar, ahorrar y calcular con otro nuevo. Pero un descenso lento en el tiempo de su valor transferirá de forma paulatina la riqueza de sus propietarios a manos de quienes puedan producir el medio a bajo coste. Vale la pena recordar esta lección cuando pasemos al análisis de la solidez del dinero gubernamental en la última parte de las entradas publicadas por esta Ghostwriter.
Las conchas marinas fueron otro medio monetario muy extendido en muchas partes del mundo, tanto en América del Norte como en África y Asia. Relatos históricos muestran que las conchas más vendibles solían ser las más escasas y difíciles de encontrar, ya que conservaban más su valor que las que resultaban fáciles de obtener. Los nativos americanos y los primeros colonos europeos utilizaban mucho las conchas marinas por las mismas razones que se usaron las cuentas de cristal: eran difíciles de encontrar, lo que les proporcionaba una elevada ratio existencias/flujo, posiblemente la más alta entre los bienes duraderos disponibles por entonces. Las conchas también compartían con las cuentas de cristal la desventaja de no ser unidades uniformes, lo que significaba que no se podían medir con facilidad ni expresaban precios y ratios de manera uniforme, algo que creaba grandes obstáculos al crecimiento de la economía y al grado de especialización. Los colonos europeos adoptaron las conchas como moneda de curso legal a partir de 1636, pero a medida que cada vez más oro y monedas británicas comenzaron a fluir a Norteamérica, prefirieron éstas como instrumento de cambio debido a su uniformidad, la cual permitía una mejor y más estable determinación de precios y les concedía una vendibilidad más elevada. Es más, a medida que se empleaban embarcaciones y tecnologías más avanzadas para recoger conchas marinas, la oferta se infló mucho, lo que llevó a una caída de su valor y a la pérdida de vendibilidad en el tiempo. Hacia 1661, las conchas dejaron de ser moneda de curso legal, y a la larga perdieron todo rol monetario.
No sólo las conchas moneda corrieron esta suerte en América del Norte; cada sociedad que utilizaba conchas y que tuvo acceso a monedas de metal uniformes acabó por adoptar estas últimas y beneficiarse del cambio. Además, la llegada de la civilización industrial con embarcaciones impulsadas por combustibles fósiles facilitó la exploración del mar en busca de conchas, aumentando así el flujo de su producción y haciendo caer con rapidez su ratio existencias/flujo.
Otra forma de moneda antigua fue el ganado, apreciado por su valor nutritivo, puesto que era una de las pertenencias más preciadas que alguien pudiera poseer, resultando a su vez vendibles en el espacio gracias a su movilidad. En la actualidad, el ganado vacuno sigue desempeñando un papel monetario en un gran número de sociedades que lo utilizan para efectuar pagos, sobre todo en forma de dote. No obstante, al ser voluminosos y no poder dividirse con facilidad, el ganado no resultaba muy útil a la hora de resolver el problema de divisibilidad en diversas escalas, de modo que coexistía con otra forma de moneda: la sal. Era fácil almacenarla durante largo tiempo y podía dividirse fácilmente y agruparse en la cantidad que fuera necesaria. Estos hechos históricos son todavía evidentes en el lenguaje, ya que la palabra «pecuniario» deriva de pecus, la palabra latina para ganado, mientras que la palabra «salario» deriva de «sal». A medida que la tecnología avanzaba, en particular la metalurgia, los seres humanos desarrollaron formas de moneda superiores a estos artilugios o utensilios, a los cuales empezaron a reemplazar deprisa. Ciertos metales demostraron ser mejores instrumentos de cambio que las conchas marinas, las piedras, las cuentas de cristal, el ganado o la sal porque podían convertirse en pequeñas unidades uniformes muy valiosas que se trasladaban de un lado a otro con mayor facilidad.
La utilización masiva de los combustibles de hidrocarburos dio la puntilla al dinero «artefacto», ya que incrementó nuestra capacidad productiva de forma significativa permitiendo un rápido incremento de nueva oferta (flujo) de estos artilugios. Es decir, las formas de moneda que dependían de la dificultad de producción para proteger su elevada ratio de existencias/flujo, ya no se beneficiaban de tal dificultad. Con los modernos combustibles de hidrocarburos, las piedras rai se podían extraer de las canteras con facilidad, las cuentas de cristal se podían fabricar a un coste muy bajo y las conchas marinas podían ser recogidas por grandes barcos de manera masiva. Los dueños de estas monedas sufrieron una significativa expropiación o enajenación forzosa de riqueza en cuanto éstas perdieron su solidez, y, como consecuencia, toda la estructura de su sociedad se vino abajo. Los jefes de la isla de Yap que rehusaron las piedras baratas de O’Keefe entendían bien algo que la mayoría de los economistas modernos no logran captar: que una moneda fácil de producir no es una moneda, y que el dinero fácil (o débil) no vuelve más rica a una sociedad; al contrario, la empobrece, ya que pone toda su duramente ganada riqueza a la venta a cambio de algo fácil de producir.